Recuerdo la conversación de mi madre con el señor de la mudanza. Nos estábamos mudando de Quilmes oeste a un barrio de Avellaneda. Este señor le decía: "¿trajiste madera en el camión?" y ella le respondía "me olvidé, no sabía qué madera traer"... Seguidamente el camionero, corpulento y velludo rompió con una mano la tabla de lavar.
Como si fuera un karateca, puso la tabla entre dos ladrillos y la partió como un queso. En ese momento mi Madre Pobre se quedaba sin tabla para lavar, porque tenía que usarse esa madera para apoyar una vieja heladera, llena de óxido por abajo y por arriba, y con la goma podrida que apenas podía cerrar.
Esa misma tarde nos quedamos solos mis tres hermanas y yo, junto a mi madre. Mi hermana más grande tenía diez años y yo, seis. Era nuestro nuevo domicilio, un viejo conventillo polvoriento y hecho de restos de madera y chapas pintada. Había vecinos arriba, abajo y a los costados de las casillas. Los ambientes no eran contiguos ni abrigados. La cocina, era precisamente éso, cocina, y en ella no daba ni ganas de quedarse. La pileta de lavar estaba afuera de la casa y sólo si era verano, podías conseguir agua caliente saliendo de esos caños.
Mi Madre Pobre era en esos tiempos muy joven. Había parido seis hijos y tan sólo tenía 31 años. Sólo cuatro hijos quedamos junto a ella para acompañarla. Los dos primeros, una mujer y un hombre, les había sido arrebatado por su ex marido, un pobre diablo con quien había tenido un matrimonio y dos hijos.
La mudanza pretendía también olvidar el pasado. Mi Madre Pobre era muy sensible a que le roben los hijos y por eso, creo yo, muchas noches cantaba canciones tristes nos abrazaba y lloraba desconsoladamente, entre tanta pobreza material de la que nunca pudimos despegarnos.
SIGUE SIGUE SIGUE
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
1 comentario:
estoy llorando
Publicar un comentario